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Piérdese el rumbo y es algo realmente pavoroso. Ya hemos visto que cuando Puccini no empleaba su tiempo en escoger entre el tono mayor o menor para sus óperas lo perdía eligiendo entre la caza mayor o la menor. En 1937 falleció su cuñada Luzmila, el 30 de noviembre del año siguiente su hija Luzmila, de tuberculosis, tres meses después su esposa y tres meses después de esta su madre, a los ochenta y cinco años. Una sensación de autosuficiencia se adueñaba de Strauss cada vez que lo explicaba: «El corno inglés representa la poción amorosa, y para cuando llega el último acorde, con Tristán e Isolda ya muertos, sus efectos han terminado». Tampoco alguien como Brahms se permitió el lujo de pasar a la historia como el autor de penosas y mal inspiradas composiciones, y así fue como de los dieciocho a los veinte años se deshizo de numerosas creaciones, entre ellas varios cuartetos de cuerda. Para eso hace falta experiencia aclaró Boulez. Me refiero al cuerpo de bailarines, a los que consideraba patanes por el ruido que producían y la desconsideración que desplegaban con sus voces y gritos. Qué orgía de espantosa locura, llena de odio! El pianista Rudolf Serkin se atrevió con una de sus habituales charlas radiofónicas y a punto estuvo de arrancar el cable del aparato: «Dijo verdaderas ridiculeces que a mí me ponían de los nervios, pero al final se puso a tocar y fue una maravilla». Brahms y Dvorák decidieron un día profesarse una admiración mutua y hasta el final de sus vidas actuaron al compás de aquella coherencia. Puccini también sufrió las consecuencias de la carretera al poco de hacerse con las marchas de su Clement Bayard, aunque en aquella ocasión condujera su chófer, Guido Barsuglia.

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Aquella avitaminosis artística la solventó aprendiendo el español para ponerse a leer pronto las obras de Blasco Ibáñez y de Ortega y Gasset. El pianista Alfred Cortot adoraba la música de Chopin hasta el punto de que la razón fundamental de su existencia fue la absorción y devolución al mundo de las improntas dejadas medio siglo atrás por el compositor polaco, básicamente en forma de grabaciones, pero también. Cuando Liszt se presentaba en casa de los Schumann preguntando por el piano, la intendente era capaz de cerrar la tapa y tragarse la llave con tal de no soportar las aborrecibles piezas que el mago de las décimas llevaba para ellos entre sus dedos. Creo que no necesita traducción. A La africana de Meyerbeer la calificó como «la más aburrida de las óperas puntuación que no sé si era más o menos amable que la que destinó a la ópera Safo, de Gounod, para él «la peor de todas las óperas existentes». «Pero esto resultó indiferente a un grosero entusiasta como yo aseguró Beethoven al escritor; comprobé que había tenido un auditorio romántico, pero en absoluto artístico». En el baño había un gancho a una altura adecuada. Gustav Mahler no se quedaba corto en la necesidad de cerrar puertas entre él y el resto del mundo. Lo más curioso en un hombre hecho como pocos a su instrumento es que tuviera de joven una fobia tan intensa como impredecible: al propio chelo! Allí, un joven de largo cabello rubio realizaba los más espeluznantes ejercicios gimnásticos, colgado de los brazos y meciéndose hacia atrás y delante, y de un costado a otro. Ciertamente la música de Schönberg era tan compleja y avanzada para la época que difícilmente podía inspirar a otros músicos forjados en la tradición, pero a cambio el personaje inspiraba algo para él más rentable: compasión. Cuenta su mecenas André Poniatowski que en 1892 (30 años) «ninguna de sus obras había logrado todavía llegar al gran público, y sus clases de piano a cinco francos la hora, dinero con el que se procuraba el pan de cada día, le exasperaban enormemente». Música y generosidad no fueron por lo general buenos vecinos habitando vasos comunicantes.

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diciembre de 1877. Nos hemos comprometido a intercambiarnos nuestros tomahawks ; aquí está el mío! Beethoven tenía un problema del que muchos nos congratulamos, y es que su cabeza componía a todas horas, algo que a una parlanchina como Bettina Brentano la tenía a mal traer. «Se desesperaba ante la perspectiva de aparecer en botas, como denominaba a todos los calzados que no fueran sus zapatos preferidos». Madrid: Editorial Saeta, 1948. Recuerdo una visera verde que le protegía, y los rápidos cambios de su expresión según cómo fuese el encuentro». Su yerno fue testigo de cómo hacía regulares donaciones renunciando a utilizarlas como desgravación de sus impuestos, aludiendo a que semejantes ventajismos fiscales iban contra la redistribución de la riqueza y, por tanto, contra la ética. Chaikovski defendió igualmente la superioridad de su nombre con un chovinismo superior al de los propios franceses, a los que suministró por tanto su propia medicina, y es que a finales de 1877 (37 años siendo ya célebre en su país, fue elegido por. Cuando se enteró de la muerte de su hija Julie a los veintiséis años, dejando dos hijos y embarazada del tercero, no por ello la gélida Clara canceló el recital que tenía un 10 de noviembre de 1872 en Heidelberg con la mujer del violinista. Aquello tenía su explicación, por supuesto; le contó cómo había pedido un préstamo de cinco rublos para repararla, pero de camino a casa había pasado por delante de una iglesia y, sin poder contenerse, había entrado para dejar depositado el dinero a los pies. Cocteau dijo que un día se lo cruzó bajo un chaparrón muy fuerte con el paraguas bajo el brazo». Yo llevo más de la mitad de mi vida cavando en la música y plantando las semillas de mi personalidad en esa tierra, descubriendo en cada ciclo estacional que no sólo somos los libros que hemos leído o las personas que hemos amado o aborrecido. De mayor quiero ser escriba En otra vida muchos músicos parece que hubieran anhelado ser escribas, a juzgar por todo el tiempo que perdieron en perfeccionar su intrascendente caligrafía. ...


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Sorprende que Oistraj, con cincuenta y ocho años y en la cresta de la gloria, temblara en aquella función como un prostitutas en la edad media prostitutas en punta cana niño en su primer concurso instrumental, tal era su pánico escénico. Junto al dedo anular de Paderewski, el de Schumann tiene la dudosa virtud de ser el más famoso de la historia de la música. Fruncía los labios y parecía como si estuviera silbando suavemente para sí, aunque no se prostitutas en la edad media prostitutas en punta cana escuchaba sonido alguno». Al final de su vida combinó los taninos con las corcheas y la vida se le impregnó de un estímulo nuevo. El mismo terror manifestaron los hijos de Rachmaninov cuando por fin vieron a su padre meter las marchas de su vehículo nuevo, tembloroso de emoción. Cuando estos protegidos llegaban a sus casas o a sus hoteles, con su frac, sus batutas, sus papeles pautados o sus instrumentos ya dormidos, se enfrentaban como cualquier otro mortal a la falibilidad de su condición humana, jamás a la muerte del riesgo, sino. Aquí estoy en Fontainebleu, desde donde me cago en usted con toda mi voluntad. Frankl menciona en sus recuerdos cómo «Schubert debía firmar cada ejemplar. Sir Thomas Beecham solía describir Lavinia como la única estación del mundo con su propia orquesta sinfónica. Para Glenn quien tenía un amigo también tenía un tesoro de gérmenes. Causas: Odio a la humanidad en general, y con gusto me retiraría a un desierto deshabitado». Las fobias de Rachmaninov eran bien difíciles de clasificar por su riquísima variedad. Ello le permitía dirigirse al teatro, sentarse en su butaca y, fuera cual fuera la ópera que de aquel se representase, detectar de inmediato el menor fallo de interpretación por la orquesta; su cabeza lo procesaba de inmediato y entonces advertía de ello sin escatimar. Saint-Saëns tenía el mismo problema de oído. El violinista Kreisler disfrutaba componiendo obras para este instrumento que hacía pasar por autores desconocidos, por él feliz y azarosamente descubiertas en conventos del sur de Francia, según contaba. Sabiéndose propietario de un don intuyó desde joven la vida de esclavitud que le aguardaba y tentado estuvo de abandonarlo todo. Durante los cuatro años que duró la guerra Paderewski siguió dando conciertos, pero a beneficio de inventario, es decir, del inventario de necesidades más apremiantes que asfixiaban al pueblo polaco.






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Fieles a sí mismos, pero a su manera Había músicos de pocas palabras, pero lo de Schumann ya rayaba la comicidad. Sustine et abstine (Soporta y abstente). Carcomido por una vida llena de giras y prolongadas ausencias los hoteles se volvían simulacros carcelarios, la soledad hacía estragos y la tensión previa a los conciertos se convertía en un trago difícil de rumiar sin la ayuda de otros tres estómagos como los. Todo surge de su naturaleza vital de un modo absolutamente espontáneo, pero a veces con una falta de consideración que hiere porque desprende tosquedad. Ni adivinanzas, ni espectáculos circenses, ni vanidosos desafíos al teclado ante los amigos en veladas dominicales. Alban Berg y sus ídolos. Sólo debía ser un escriba obediente.

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